De delincuentes a verdugos I

Félix León Martínez | 15/02/2022 - 16:38 | Compartir:

Esta es la primera entrega de un artículo que se publicará dividido en varias partes. El autor recomienda leerlo entero con el fin de tener una idea integral de lo que sugiere y propone.  

Los recientes escándalos en la prensa nacional acerca de la negación de la eutanasia a unos ciudadanos, la puja feminista constante por el derecho al aborto, el triste y oscuro cuento del cambio de sexo y, finalmente, los reiterativos excesos en la utilización de la cirugía plástica con fines "estéticos", obligan hoy día a muchos médicos a reflexionar seriamente sobre este tipo de demandas de la sociedad y preguntarse cuál debería ser la respuesta ética de la profesión.

El cambio drástico en las exigencias de la sociedad hacia los servicios de salud y los médicos, así como la actitud punitiva de la justicia tras dichas exigencias, reflejan un salto mortal de principios y valores en muy pocos lustros. De ser penalizada la práctica del aborto, ha pasado a ser obligatoria para las instituciones de salud y sus facultativos. Igualmente, el hasta hace muy poco grave delito de la eutanasia, que hacía al médico merecedor de años de cárcel, se ha convertido en una conducta deseable y, mucho peor, en una obligación para los centros hospitalarios y sus médicos. 

La primera pregunta que surge es, si el médico, y la profesión médica en conjunto,  deben ser simplemente ejecutores de los deseos de los individuos en una sociedad que rápidamente cambia de manera de pensar, en cuyo caso, los valores y principios éticos de la profesión no tienen cabida, sino que simplemente deben adaptarse y someterse a las nuevas tendencias de pensamiento, con las consecuentes demandas sociales y amenazas judiciales, como hoy lo exigen y reclaman muchos periodistas, en los medios hablados y escritos. 

Supondría lo anterior que no debería existir ética médica alguna y que los profesionales de la medicina simplemente se deben comportar como operarios de los deseos individuales y sociales en boga. En ello parecen estarse convirtiendo ciertos colegas, por ejemplo, ciertos cirujanos plásticos, que no encuentran impedimento ético para satisfacer el deseo de algunas mujeres de convertirse en llamativos maniquíes de exuberantes curvas, ni tampoco tienen reparo para intervenir reiteradamente rostros de hombres y mujeres en busca de algún ideal de perfección, hasta el grado de convertirlos en verdaderas caricaturas. Al fin y al cabo, en esta sociedad mercantilizada, lo primero que se vende es el cuerpo mismo.

Deontología Médica

Pero, si no hay ética propia de la profesión en una sociedad supeditada y condicionada por el dinero, no habrá obstáculos tampoco para el emprendimiento de compraventa de órganos, para realizar cirugías innecesarias, para formular medicamentos costosos que se acompañan de jugosos premios o comisiones de los laboratorios, para reutilizar filtros de diálisis; por la misma razón no habría límites éticos para formular opioides a los artistas o quienes se crean vedettes, para diagnosticar estrés a cualquier delincuente adinerado amenazado de cárcel o para declarar inimputables a algunos pacientes, y quitarles sus derechos, a solicitud de parientes interesados en la eficiencia del negocio familiar, pues, al fin y al cabo, el utilitarismo es la ética dominante.

Y podría ser mucho peor, pues detrás de estas demandas llegarán otras más complejas, como la solicitud de algunos padres para hacer crecer a sus niños a punta de hormona del crecimiento, el deseo de modificar genéticamente a los hijos para que nazcan con "mejores características" o la solicitud de esterilizar a poblaciones indeseables. Más allá, hasta la petición de clonarse a sí mismos o sustituir algún miembro fallecido del grupo familiar. Por esta vía, por qué no, llegaría a solicitarse la fabricación de clones a la medida para servicio personal o sexual. En fin, parece que es necesaria una ética médica, dado que pretender obligar a los profesionales de la salud y sus instituciones a obedecer acríticamente las demandas individuales y sociales de cada época, sin duda puede resultar muy peligroso para la misma sociedad que lo pretenda.

Ante la presión social y judicial, los profesionales de la medicina han contestado mayoritaria y solidariamente con prudencia, pero siempre surgen algunos "esquiroles" que abandonan dicha actitud prudente. Miles de profesionales atendieron en los hospitales públicos de las ciudades colombianas cientos de miles de abortos provocados, sin denunciar a ninguna de las mujeres a las que les practicaban un legrado como consecuencia de este "delito", en los servicios de urgencias o ginecología. Y no lo hacían porque conocían las difíciles condiciones sociales que originaban tan dura decisión, de modo que evitaban indagar sobre la práctica específica -muchas veces riesgosa- utilizada para desencadenar el aborto y, simplemente, se limitaban a aceptar y registrar cualquier mentira clásica, como "fue que me caí" o "me atropelló un carro", para proceder al retiro de los restos de la gestación e iniciar el tratamiento médico que evitaría una infección grave y muchas veces la muerte.

Pero también existieron siempre algunos profesionales en posiciones menos prudentes. Unos pocos médicos, imbuidos de fanatismo moral, religioso o político y por tanto "poseedores de la verdad y la moral" quienes formulaban ocasionalmente alguna denuncia por aborto provocado, que podía llevar a la mujer que demandó ayuda médica a la cárcel. Del otro lado, ciertos colegas se dedicaban a practicar el aborto subrepticiamente, como negocio rentable, en centros bastante conocidos. Ambos grupos conformaban los "esquiroles" de la prudencia profesional. 

Por esta razón, la prudencia médica, que representa mayoritariamente la ética profesional, ha sido partidaria de la despenalización del aborto en etapas tempranas de la gestación, como recientemente se ha estado aprobando en la legislación de muchos países del mundo. También, por obvias razones, la ética médica puede aceptar la decisión de la Corte Constitucional de despenalizar el aborto en situaciones específicas relacionadas con el riesgo biológico. Sin embargo, las decisiones judiciales han traído consigo nuevos problemas para la deontología y la práctica profesional, cuando se justifican por otras razones. 

Similar comportamiento, en defensa de la vida, han tenido los médicos de nuestro país en medio del conflicto armado, la violencia social y la corrupción.  Atender al paciente sin consideración de su raza, religión, color político o bando; sin importar su condición moral, su comportamiento o su relación con la ley, constituyó y constituye la prudencia médica que representa mayoritariamente la ética profesional. Pero allí también estaban algunos colegas, que en lugar de asumir un prudente silencio sobre la conducta previa del paciente, reñida o no con el poder, la autoridad o la ley, y entender su derecho a ser atendido como cualquier otro ciudadano, manifestaban su rechazo e incluso la negativa a atender algunos pacientes que consideraban delincuentes, guerrilleros, subversivos o reñidos con el poder político o las buenas costumbres morales y sexuales, e incluso los denunciaban, imponiendo su fanatismo moral y político sobre el necesario deber y sigilo profesional.

También en la otra vertiente existían algunos colegas que no tenían obstáculo en diagnosticar males inexistentes a miembros de prestantes y adineradas familias, para evitar que fueran conducidos a la cárcel, a causa de diversos delitos de los que eran acusados, por supuesto, a cambio de réditos presentes o futuros. Nuevamente la prudencia médica, que representa mayoritariamente la ética profesional, no compartía las conductas de estos "esquiroles" de la profesión, en una y otra vertiente.

Y si nos referimos a la eutanasia, encontramos el mismo comportamiento profesional. Aunque formalmente constituyera un delito, como el aborto, para la mayoría de los médicos era posible, de acuerdo con la familia, poner fin a tratamientos heroicos para mantener con vida artificialmente a pacientes desahuciados, por entender que prorrogar innecesariamente el sufrimiento del paciente o la familia no aportaba ningún beneficio.

En este caso tampoco faltaron algunos médicos fundamentalistas que, por razones religiosas o morales, no aceptaban esta conducta por parte de la mayoría de sus colegas e incluso amenazaban con denunciar al médico o a la familia. También en la vertiente opuesta se encontraban colegas que aceptaban, no sólo suspender los tratamientos heroicos de pacientes desahuciados, sino incluso inducir la muerte o practicar la eutanasia a algunos pacientes, a solicitud de los mismos o de sus familiares, con base en diversas consideraciones. Apodos como el Dr. Muerte fueron famosos.

Estos tres ejemplos demuestran que la profesión médica, en función de su conocimiento del ser humano, de la vida y de la muerte, de su cercanía al sufrimiento humano, crea una deontología propia, que es distinta de la regulada por la ética y moral general o dominante y, por tanto, divergente en ocasiones de las leyes, las costumbres y el conjunto de las demandas en boga de la sociedad. 

Si la profesión no contara con su propia ética, habría sido posible, por ejemplo, que masivamente los médicos alemanes (y no solo Mengele), acogiendo el pensamiento fascista de moda, hubieran experimentado con los cuerpos de los judíos o aplicado eutanasias a destajo, dada la supuesta inferioridad racial y la objetiva vida poco digna de dicho pueblo bajo el dominio nazi. De igual manera, habría sido posible que los médicos latinoamericanos masivamente (y no algunos esquiroles) aplicaran la esterilización de mujeres indígenas o pobres, en respuesta a tesis maltusianas y eugenésicas tan en boga durante todo el siglo XX. Y no hablemos de lo que habrían tenido que hacer los médicos si hubieran acondicionado su ética y su práctica profesional al oprobioso apartheid en Sudáfrica o en Estados Unidos. 

Si la profesión no contara con su propia ética acerca de la vida, podría haber aplicado la eutanasia a todo nacido con malformaciones o deficiencias congénitas (vgr. ausencia de alguna extremidad, microcefalia por el Zika o Síndrome de Down), al estilo de los Espartanos y su roca Tarpeya. Sin duda tendrían suficientes argumentos relacionados con la "vida digna" que esgrime la Corte Constitucional en la sentencia C-233 de 2021. Si además los médicos hubieran atendido los principios utilitaristas de la ideología de mercado dominante, estas personas seriamente limitadas, al igual que los ancianos, saldrían sobrando pues no producen, por lo cual no debería permitirse gastar recursos públicos en su atención (es decir, sólo tendrían derecho a cuidar su salud y prolongar la vida, con atención médica, los viejos con suficiente dinero), como una vez lo propusiera un ministro de salud, actual candidato presidencial, citando supuestos terceros que, claro está, no mencionaba (Gaviria 2012)*.  

La profesión médica debe dejarle claro a la sociedad que su ética no le permite atender órdenes de cualquier fundamentalismo político en el poder, dirigidas a eliminar o no prestar atención médica al ciudadano que consideran enemigo, diferente, transgresor de normas explícitas o implícitas, inútil para la sociedad o inconveniente al poder, en cualquiera de las formas, como tampoco servir de carceleros de grupos de comportamientos diferentes al modelo normativo de la época.

La ética médica no puede aceptar por tanto la esterilización o el control de la natalidad aplicado con criterios racistas o clasistas. Tampoco políticas de planificación agresivas como la de un solo hijo, que acaben generando selección y discriminación sexual. Menos aún puede influir en la determinación del sexo de los no-natos, al gusto de los progenitores.

La deontología médica no permite discriminar a las personas por sus opciones sexuales, ni juzgarlas por esta razón. Todas las personas deben ser respetadas como pacientes, independientemente de sus caracteres sexuales externos o sus opciones y elecciones sexuales, de modo que la conducta profesional no puede estar determinada por la cambiante moral sexual. La especialidad psiquiátrica nos muestra un ejemplo triste de esta determinación, al haber sido permeada en el siglo pasado por la moral de la época y clasificar como enfermedades las más diversas opciones sexuales. 

La profesión no debe adelantar, por tanto, tratamientos médicos que pretendan modificar ninguna costumbre sexual, por inmoral que parezca a la sociedad o a la familia en determinado momento histórico, y menos tratamientos agresivos en busca de suprimir tendencias sexuales, como la castración física o química de violadores o pedófilos. Tampoco la deontología médica permite aplicar tratamientos para modificar los caracteres sexuales primarios o secundarios de cualquier menor de edad, así lo soliciten sus progenitores.

La profesión médica igualmente debe dejarle claro a la sociedad que su ética no le permite atender órdenes de los fundamentalistas del mercado, de limitar la atención en salud a los ciudadanos productivos, como tampoco de suprimir la vida (la vida en útero o la vida del anciano o discapacitado), en función de las conveniencias económicas del padre o de la madre, de los hijos o bien de otros parientes; menos aún en función de intereses de empresas, instituciones o gobiernos, pues la vida no ha requerido nunca, ni requiere, ser planificada o fenecida como hipoteca. 

*Gaviria Alejandro. Blog. Una propuesta modesta. Abril 15 de 2012. Disponible en https://agaviria.co/blog/2012/04/por-razones-fortuitas-probablemente-un.html 

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Félix León Martínez

MD. Investigador del Grupo de Protección Social del Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la Universidad Nacional de Colombia. Presidente de la Fundación para la Investigación y el Desarrollo de la Salud y la Seguridad Social (FEDESALUD).

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