Tres ataques contra la megalomanía humana

Abel Fernando Martínez Martín | 26/09/2022 - 11:31 | Compartir:

El hombre no es perfecto ni puede ser perfecto, lo que sí es y ha sido siempre es un ser antropocéntrico y megalómano; es decir, que se sobrestima, que sufre lo que lo que se llama el delirio de grandeza. Megalomanía humana que ha sufrido duros golpes de manos de la ciencia en la Modernidad. 

Tres ataques contra la megalomanía humana
Tres hombres paradigmáticos; Nicolás Copérnico, Charles Darwin y Sigmund Freud, a los que el psicoanalista austriaco considera como los hombres de ciencia que causaron tres grandes heridas narcisistas a la humanidad. La primera herida es la cosmológica, al sacar, Nicolás Copérnico, a la Tierra del centro del Universo; la segunda herida es la biológica, al sacar Charles Darwin al hombre del centro de la creación y emparentarlo con el mono; y la tercera, la herida narcisista, es la herida psicológica, en la que Sigmund Freud se incluye a sí mismo, al demostrar la existencia del inconsciente, demostrando que ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos. 

Tres ejemplos de estos golpes resultan muy dicientes, unos golpes que el mismo Sigmund Freud consideraba como heridas narcisistas hechas por la ciencia a la humanidad: la primera de ellas fue la dada por el astrónomo polaco Nicolás Copérnico, en tiempos del Renacimiento, quien demostrando que la Tierra giraba alrededor del Sol, y no al revés, como se sostenía oficialmente, nos sacó de golpe de estar colocados en el centro del Universo y pasamos a ser pasajeros de una miserable viruta cósmica, la Tierra, que da vueltas en un modesto sistema solar, que llamamos la Vía Láctea, girando alrededor de uno de los millones de estrellas que existen y que componen los millones de galaxias del cambiante Universo, lleno de materia oscura, que, según los astrofísicos, no está quieto ni inmóvil, sino que lleva cinco mil millones de años desde el primitivo Big Bang hasta hoy, en permanente expansión. 

La Luna, para el filósofo griego Aristóteles y para los cosmólogos antiguos, hasta el italiano Galileo Galilei, era una esfera absolutamente perfecta, lo imperfecto era el mundo sublunar, mundo en el que nos encontramos, hasta que unos cuantos siglos después, en el Renacimiento, el telescopio de Galileo Galilei demostró a los incrédulos que la hasta ese momento perfecta esfera celeste que era la Luna no tenía nada de perfecta, pues estaba llena de cráteres y montañas, que dibujó Galileo Galilei observando el satélite con el telescopio.

El segundo gran atentado contra la megalomanía humana, sostenía el médico psicoanalista vienés Sigmund Freud, fue el que le propinó el naturalista inglés Charles Darwin, quien en el siglo XIX, con sus teorías sobre la evolución, sacó al ser humano del centro del Universo, cuando convirtió al hombre, de un ser creado por Dios y escogido por él para reinar sobre todo el Universo, a ser nada más que un simple primo hermano de los chimpancés, gorilas, gibones y orangutanes, animales de la familia con los que compartimos antepasados comunes, que vivían en los árboles del África, hace millones de años.

Hipótesis científica de la evolución, planteada por el naturalista inglés Charles Darwin en el siglo XIX y confirmada esta vez por los recientes avances que han sido revelados por el Proyecto Genoma Humano, proyecto internacional que incluyó estudiar también el genoma de otras especies, entre las que se hallaban los chimpancés, simpática especie con la que compartimos el 99 % de nuestro material genético, es decir, que los humanos, somos más chimpancés de lo que pensamos y, modestia aparte, mucho más animales que lo que nos gusta admitir. 

El antropólogo estructuralista francés Claude Levi Strauss sostenía que, como hombres, todavía nos falta mucho camino por recorrer y que el ser humano actual, hablando en términos evolutivos, no era nada más que el verdadero eslabón perdido entre el mono y el hombre realmente humano, etapa evolutiva que todavía no hemos alcanzado los Homo Sapiens sapiens.

El tercer atentado contra la megalomanía y la presunta perfección humana se lo dio el médico vienés Sigmund Freud, con el Psicoanálisis. Él mismo se incluye como autor de la tercera herida narcisista de la humanidad, al revelar la existencia del inconsciente humano, demostrando, el psicoanalista vienés, que el hombre no era capaz de conocerse ni siquiera a sí mismo, pues la parte consciente del Yo tiene que luchar no solo con la realidad cotidiana sino con las fuerzas instintivas del Ello y con las normas sociales inconscientes introyectadas en el Super Yo.

Para concluir esta Cátedra, recuerdo que una vez el escritor uruguayo Eduardo Galeano, refiriéndose al inicio del Nuevo Milenio y tratando específicamente el tema de la humana perfección, escribía en su artículo al respecto: "dejemos que la perfección siga siendo el aburrido privilegio de los dioses", y seamos sobre todo humanos, mejor dicho: "Nadie es perfecto en el mundo", lo dice la filosofía popular colombiana en forma de canción de despecho, otra herida a la megalomanía humana.

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Abel Fernando Martínez Martín

Doctor en Medicina y Cirugía, magister y doctor en Historia.
Grupo de investigación Historia de la Salud en Boyacá- Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC).

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