Ser epicentro de la pandemia sin tecnología complica más las cosas

Mauricio Corredor Rodríguez | 14/07/2021 - 20:20 | Compartir:

Apegados a tendencias, a veces olvidamos que el tiempo no se detiene, aferrándonos al pasado o creyendo que no llegaremos a viejos. Cuando gozamos de bienestar económico creemos que los ciclones no llegarán a nuestras costas, que los volcanes solo están en los libros y que los asteroides solo le caen a esas cosas raras llamadas dinosaurios. Me deja sin voz la caída del edificio Champlain Towers South del Surfside condominium en Miami, pues vivir en cinco estrellas o montar en Concorde no garantiza nada. Nuestra fragilidad es tal que suponemos que la seguridad de nuestra especie está garantizada por la bolsa de Nueva York. Olvidamos que imperios enteros han quedado diezmados por la enfermedad, el hambre, las carencias, la guerra o el destierro. Jugamos a Dios, como dice Harari en su libro Sapiens, o tratamos de serlo. En medio de aciertos y equivocaciones, en más o menos 18 meses de pandemia, Suramérica sin tecnología -una de las regiones más inestables políticamente del mundo- terminó siendo el epicentro de la pandemia, con un virus que se "burla" de los gobernados por Duque, Bolsonaro, Fernández y Maduro juntos. 

La ciencia no es la única responsable de nuestro bienestar (salud orgánica o metal), que comienza en el equilibrio familiar y social. La tecnología hace parte también de ese bienestar, cifrada actualmente en bienes, servicios, bolsas de valores y acciones; un imaginario reduccionista que a veces piensa más en la salud de las empresas que en la humana. Es ahí donde reside toda la seguridad sanitaria actual y, de paso, nuestra salud. Esa seguridad no detiene ciclones, volcanes, corruptos o dictadores, ni propende por la sanidad del ambiente. Esa aparente seguridad y bienestar empresarial firmada por ejemplo en EEUU por Richard Nixon, después de aprobarla su Congreso, llegó lejos, dándole el carácter de seres jurídicos a las corporaciones, llamadas hoy multinacionales; con poder legal para favorecer a sus "clientes" (socios), beneficio que puede estar por encima del bien público. En esa contienda ideológica, otros han reivindicado que el planeta y las demás especies deben tener también derechos (hecho lícito apoyado por leyes). Perros y gatos que heredan fortunas o grandes extensiones de selvas; bosques, parajes o incluso edificaciones han pasado a ser patrimonio de todos, para que las futuras generaciones tengan referentes de sostenibilidad. 

La ciencia y la economía nos han permitido aplicar el conocimiento para brindarnos bienestar en general. Por ejemplo, si el ciclón viene, ya sabemos con tiempo que llegará, si el volcán explotará ya podemos predecirlo minutos u horas antes, pero aún estamos lejos de saber cuándo llegará el terremoto, el asteroide o el virus. Solo alimentando el conocimiento se podrá producir información fiable, nada más; es un principio científico. Si esa información no está, pues nada será mínimamente predecible. Por eso, ahora, la información científica nos dice que Suramérica ya es el epicentro de la pandemia, sin muchas vacunas a la mano y con tecnología importada. Una vacuna no es un licor o una droga ilícita que trae satisfacción. A ese conocimiento llegamos por un patrimonio histórico (savoir-faire), unido a la curiosidad que luego se transforma en investigación, cuando esta aporta certeza (funciona en alto porcentaje). Luego pasará a ser patrimonio (invento o descubrimiento), como conocer y entender el cáncer, determinar un patógeno o desarrollar una vacuna o un antibiótico. El patrimonio garantiza un bienestar, pero no es infalible ni es eterno.

¿Que las vacunas deben tener el 100 % de protección? ¿Tenemos vacunas buenas y malas como equipos de futbol?, Es absurdo pensar así en investigación científica y no es así como estudiamos algo. En ciencia no hay competencias a la espera de un Óscar; así alguno gane el Nobel, no es un centro de apuestas o una contienda exclusiva de poderes, aunque los administradores lo presupongan. ¿Que la vacuna de Pfizer es mejor que la Sinovac? Eso de rotular el conocimiento por competencia exclusiva es bastante ocioso y es una pretensión idealista no científica, dado que fue el conocimiento el que llevó a grandes aciertos de la humanidad, pero también la falta de previsión llevó a equivocaciones. Las vacunas de Pfizer y Sinovac funcionan EN ALTO PORCENTAJE (pueden fallar en bajo porcentaje, pues son hechas por seres humanos) y las vacunas Curevac y la SPf66 no funcionaron, eso lo determinó un porcentaje estadístico y estas dos últimas no se usaran jamás.

Si usted se guía exclusivamente por creencias y no por información verificable o evidencia, pensará que al vacunarse la protección es total e incluso ya no querrá usar más mascarilla. Craso error, en los estudios (triales) de las vacunas COVID-19 no se dice que con ellas desaparecerá el virus inmediatamente: una cosa es no enfermarse y otras es portar el virus. Lo único que estamos tratando de hacer con ellas es bajar los niveles del virus para alcanzar la inmunidad de rebaño, y así disminuir fuertemente la muerte de personas, nada más. Tratar de combatir algo no quiere decir desaparecerlo o vencerlo, pero no hacer nada no es inteligente tampoco. Si a muchos nos ha funcionado el protocolo de bioseguridad con o sin vacuna es porque hemos sido estrictos en eso, nada más, eso no es garantía, pues solo hemos tenido suerte de no adquirir el virus. Nuestros héroes, porque sí los hay, están en los hospitales todos los días, haciendo de tripas corazón, y vacunados ya soportan mejor el virus, bajando el riesgo de morir.

Para que entendamos el asunto de la confianza y el porcentaje, otra comparación nos sirve de soporte. Cuando inventamos los aviones, seguramente antes de pensar en que estos aparatos iban a caerse, creímos siempre que iban a volar bien y, sin embargo, cientos de aviones han caído. De hecho, han muerto más personas en el mundo por caídas de aviones que por vacunas. Incluso creo que hay un movimiento terrestre humano antiavión (no por volar, pero si por contaminar), como el movimiento reivindicatorio antivax. Total, hay gente que no ama el avión, y tiene todo el derecho a hacerlo, porque existe un bajo porcentaje de probabilidad de que se caiga, no es infalible, claro. Mientras tanto, los que seguimos montando en estos aparatos siempre guardamos la esperanza de que no caigan y muchos ya perdimos la cuenta de éxito, pues nuestros vuelos no han caído, hasta ahora.

Así son los inventos humanos, nos dan alegría y felicidad cuando funcionan y tristeza cuando no. Por lo pronto, si no cree en la comparación, créame, en los laboratorios de ingeniería aérea y en los laboratorios de biotecnología farmacéutica no se está trabajando para matar a la gente, como sí sucede en los laboratorios de fabricación de armas y ahí hay una diferencia diametralmente opuesta entre estas dos formas de investigar. Empero, desde el punto de vista biológico no puedo criticar totalmente las armas, en tanto han sido un modo de sustento humano que permitió la caza y el alimento. Otra cosa diferente es asesinar rebaños de homo sapiens u otra especie, en ventaja con tales artefactos, como las cámaras de gas de Auschwitz, Treblinka y Birkenau.

A pesar de que hemos hecho un mundo más seguro, aún queda mucha tarea por hacer, pues cada paciente se debe tratar individualmente (medicina personalizada), aun así, la pandemia nos desarma cuando mueren millones, pues es complejo tratar paciente por paciente. En ese caso, son los medicamentos de uso a gran escala los que surtirán efecto. En síntesis, los avances tecnológicos logrados nos muestran que aún resta mucho por hacer y que las herramientas inventadas a la fecha siguen siendo muy rudimentarias, incluido el avión, pues fue este maravilloso invento el que repartió el virus SARS-CoV-2 rápidamente durante unas cuantas semanas por toda la Tierra: Groenlandia, Polo Sur, centro del Sahara, Siberia, Amazonía. Esta última zona tardó muchos años en recibir uno de los serotipos de Dengue, desde el sudeste de Asia tropical al centro del Amazonas, pero el Zika y el Chikunguña se expandieron más rápidamente. La malaria, por ejemplo, está alojada en los cinco continentes y el gobierno chino dijo haberla erradicado completamente hace unas semanas. No podemos celebrar con gozo, ya que el SARS-CoV-2 mandarín aguó celebraciones mundiales y la malaria sigue intacta en Suramérica. No sé por qué todo eso me recuerda la película La Piel de Liliana Cavani. 

Muchas de nuestras tradiciones son bellas, porque muestran que el savoir-faire (know-how) no es algo que se improvisa ni se adquiere en un abrir y cerrar de ojos. Fueron necesarios siglos para que ciertas tradiciones tecnológicas pasaran del conocimiento a la aplicación. La construcción de un simple reloj parte de principios como mirar el día y la noche, luego las estaciones, y al surgir la tecnología mecánica, ésta nos permitió pronto construir relojes gigantes que luego se miniaturizaron, pudiéndolos llevar en nuestros bolsillos en el siglo XIX y, posteriormente, en nuestros puños, en el siglo XX. Sin embargo, la informática va a una velocidad tal que el simple invento del reloj fue superado en cuestión de años por la tecnología del software-hardware y la teoría de la relatividad. Tales avances no dieron la solución a la eliminación del SARS-CoV-2, pero sí contribuyeron a mitigar en parte el problema, ya que, por ejemplo en China, cada persona era seguida por satélite. En Occidente tal avance tecnológico no se pudo usar de la misma manera (no estoy tan seguro), pues viola el derecho a la privacidad ciudadana. Eso demuestra que los avances tecnológicos no cambian siempre nuestros principios éticos, nuestros vacíos, nuestros atrasos y nuestro modelo económico de producir ganancias a costa de la salud de las personas, el ambiente o la paz mundial.

Incluso, el invento de las vacunas parte de un savoir-faire (know-how) de las lecheras de Medio Oriente hace más de 500 años, quienes no se infectaban de la viruela humana por inyectarse la viruela vacuna. De la misma manera, como lo ha hecho la informática en el siglo XX, la biotecnología transformó ese invento (la inmunización) en una herramienta poderosísima, que jamás se nos ha ocurrido en el mundo de las ciencias básicas emplearla para dominar cerebros. En contraposición, con la informática podemos violar el principio de confidencialidad de las personas y las empresas, poniendo incluso en juego nuestra salud mental. Con las vacunas no sucede igual, lo máximo que podemos lograr con ellas es salvar vidas y, si fallan, si no da un porcentaje significativo de supervivencia, ese invento deberá terminar en la basura. Las vacunas no son chips informáticos que invadirán nuestro pensamiento, tampoco son chips biológicos (microarreglos) y solo tienen por función activar nuestro sistema inmunológico. Si en años posteriores descubrimos fallas en el método, tal inventó deberá ser cambiado o reemplazado. De hecho, las vacunas actuales distan mucho de las primeras inventadas.

En síntesis, un suceso como esta pandemia trastocó, para nuestro bien o mal, toda nuestra lógica y ya nada volverá a ser igual. Los valores de especie intocable, que soporta su confianza en las armas, las bolsas de valores, los hoteles cinco estrellas y el avión particular, sacrifican el bienestar de millones y nuestra calidad de vida y la del planeta, para brindar comodidad exclusiva a unos cuantos, ya sea que vivan en países capitalistas o comunistas (cómico, ya no hay diferencias). La pandemia nos ha transformado definitivamente, creamos o no en los virus o en las vacunas. Hemos sido el producto de esos grandes cambios y este, como tantos otros, no pasará de largo o desapercibido. Desde mi área del conocimiento les puedo asegurar que tal suceso ya dejó una huella epigenética en la especie (metilación natural de ADN), la que marcará futuras generaciones y que las llevará a tomar decisiones acertadas o erróneas, que, en síntesis, es el paso a tomar siempre para hacer la diferencia. Estará en manos de esas futuras generaciones no volver a caer en lo mismo, con el mayor grado de honestidad posible. Por el momento, el virus no se irá y habrá que saber vivir con él. Sin tecnología, no será fácil.

Ser epicentro de la pandemia sin tecnología complica más las cosas
Momentos de no lockdown en nuestro país durante la pandemia en el 2020. Arriba izquierda, costas en Puerto Colombia (foto de El Heraldo, publicada en co24.com.co). Arriba derecha, foto del primer día sin IVA promovido por el Gobierno nacional (foto publicada en panampost.com). Abajo izquierda, madrugón en San Victorino, Bogotá (foto publicada en Canal 1 Twitter @EmelRojasC). Minga indígena en la Plaza de Bolivar, Bogotá (foto de Inaldo Pérez, publicada en Alerta Tolima). Ninguno de estos hechos sucedió en la reciente protesta social, ni en este año.

 

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Mauricio Corredor Rodríguez
Biólogo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá; magíster en Ingeniería enzimática, bioconversión, microbiología, Universidad de Tecnología de Compiègne, Francia; PhD en Genética Molecular de la Universidad de París XI - Sud, Francia; postdoctorado en Biología Molecular de la Universidad de Montreal, Canadá; líder del grupo de investigación en Genética y Bioquímica de Microorganismos, GEBIOMIC-UdeA. Profesor de planta del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia, Medellín.

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Biólogo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá; magíster en Ingeniería enzimática, bioconversión, microbiología, Universidad de Tecnología de Compiègne, Francia; PhD en Genética Molecular de la Universidad de París XI - Sud, Francia; postdoctorado en Biología Molecular de la Universidad de Montreal, Canadá; líder del grupo de investigación en Genética y Bioquímica de Microorganismos, GEBIOMIC-UdeA. Profesor de planta del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia, Medellín.

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Félix León Martínez

MD. Investigador del Grupo de Protección Social del Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la Universidad Nacional de Colombia. Presidente de la Fundación para la Investigación y el Desarrollo de la Salud y la Seguridad Social (FEDESALUD).

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Biólogo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá; magíster en Ingeniería enzimática, bioconversión, microbiología, Universidad de Tecnología de Compiègne, Francia; PhD en Genética Molecular de la Universidad de París XI - Sud, Francia; postdoctorado en Biología Molecular de la Universidad de Montreal, Canadá; líder del grupo de investigación en Genética y Bioquímica de Microorganismos, GEBIOMIC-UdeA. Profesor de planta del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia, Medellín.