Una ovariectomía a domicilio, en Bogotá, en 1890

Abel Fernando Martínez Martín | 31/05/2021 - 07:39 | Compartir:

Don Salvador Camacho Roldán, en una carta que envía a sus hijos que vivían en Nueva York, describe una ovariectomía realizada por el doctor Juan Evangelista Manrique el 29 de noviembre de 1890 que, mostrando sus difíciles inicios, da muestra del progreso de la cirugía y la ginecología en Colombia: 

Una ovariectomía a domicilio, en Bogotá, en 1890
Retrato del doctor Juan Evangelista Manrique (1861-1914), quien se graduó como Doctor en Medicina a los 21 años, en Bogotá, en la Universidad Nacional en 1882 y que se trasladó luego a París en donde se graduó nuevamente con tesis laureada. Regresó a Colombia en 1886, trabajó en las ambulancias durante la Guerra de los Mil Días. Médico y amigo del poeta José Asunción Silva, el doctor Juan Evangelista Manrique fue pionero de la ginecología en el país, además de ser fundador de la Sociedad de Cirugía y principal gestor de la creación del Hospital San José en Bogotá.  
Óleo sobre lienzo, sin fecha, de R. Salas A., Academia Nacional de Medicina. Bogotá.

"La operación se hizo en el comedor de la casa de paja del cerrito de Oriente, pieza hexagonal con 6 ventanas de vidrieras, amplia, clara y perfectamente abrigada. Para levantar la temperatura a 18°, se había instalado una estufa con chimenea de lata al través del techo, y para evitar el tener que salir a botar agua, se instaló un derramadero. La temperatura se mantuvo a 17 y 1/2 grados, durante la operación. Con esa estufa y tres grandes ollas en que constantemente se hervía agua se tuvo la que la operación exigió... el día anterior habían pasado revista los médicos al local, los instrumentos, la estufa, los aparatos, las 33 esponjas, dos docenas de servilletas, el algodón fenicado, las bandejas y las diversas medicinas, telas, frazadas, todo desinfectado con lavado en agua fenicada; antes de empezar la operación se contó de nuevo a fin de cerciorarse de que nada quedaba dentro de la cavidad abdominal. 

La distribución del trabajo fue: Operador en jefe, el Dr. Juan Evangelista Manrique; encargado de mantener la anestesia durante la operación por medio del éter, el Dr. Hicks, especialista muy práctico en este ramo; de atender al pulso de la paciente el Dr. Rocha; de cabecear las venas y arterias cortadas, el Dr. Maldonado; del irrigador sobre la herida, el Dr. Montaña, de ayudar a la operación quirúrgica, el Dr. Güell (jefe de clínica operatoria del Hospital de San Juan de Dios); de alcanzar los instrumentos el Sr. Eliseo Montaña; de atender las esponjas y servilletas calientes, Eduardo Uribe: de calentar incesantemente en un bañito especial las servilletas, una de las hermanas; de botar el agua sucia, otra de las hermanas; de traer el agua caliente de la cocina yo, y mantener el fuego en la estufa y atender a las hermanas en la limpiada de los instrumentos, baldes y platones la criada de N. N. Yo ayudaba también a mantener a 37 grados el agua del aparato irrigador... Éramos 12 personas y casi no dábamos abasto al trabajo… 

La operación es terrible. Una incisión en el abdomen pone al descubierto los órganos interiores: el hígado, los intestinos, etc., hasta llegar al ovario; allí se separa de toda conexión con los órganos vecinos el quiste o bolsa llena de un líquido seroso, se rompe el saco y con un aparato de succión se extrae el líquido; se ligan con hilos de seda finísimos, previamente fenicados o esterilizados, los vasos y las venas que arrojan sangre por todas partes; el irrigador arroja agua a 37 o 38 grados incesantemente sobre la herida y las servilletas calientes cubren y  mantienen el calor... En un momento no hubo más que un montón confuso de sangre y de carnes vivas y estuve a pique de sentir vértigo, pero reaccioné y me pasó. El quiste era multilocular, es decir compuesto de muchos sacos pequeños como un racimo, y fue preciso reventarlos a apretón de la mano del operador... N. N. permanecía insensible con la acción incesante del éter que la hacía respirar por medio de una especie de vejiga que le cubría la boca y la nariz, que mantenía, levantándola de cinco en cinco minutos el eterizador. Este no levantaba la vista de su aparato i de la cara de N. N., aplicando el oído a cada momento para percibir el estado de la respiración y fijo como una estatua solo atendía a su función diciendo de tiempo en tiempo "all well", "all right"… En un momento dijo el Dr. Rocha "se acaba el pulso", "inyección de brandy"; fue el único instante de afán. El Dr. Hicks dijo, "Be still; respiration is good", todo volvió a la calma. Tan bien conducida intervención, no fue coronada por el éxito, la paciente falleció varios días después, seguramente de una peritonitis, a pesar de las medidas heroicas para levantar su estado general...”.

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Abel Fernando Martínez Martín
MD, Mgs y Doctor en Historia. Decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC), profesor asociado de la Escuela de Medicina y director del Grupo de investigación 'Historia de la Salud en Boyacá' de la misma universidad.

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