La Gran Guerra y el uso masivo de gases venenosos

Abel Fernando Martínez Martín | 05/04/2026 - 11:12 | Compartir:

Aunque el uso de “gases asfixiantes y deletéreos” estuviera prohibido por la Conferencia Internacional de Paz de La Haya (1899) y por la Convención de La Haya (1907), el empleo masivo de agresivos químicos, generalmente en forma de gas, con graves efectos sobre el adversario, a pesar de las convenciones, se realiza durante la I Guerra Mundial. La guerra química fue una práctica salvaje y generalizada, tanto por parte de los alemanes como por parte de los franceses, que se enfrentaron entre 1914 y 1918 en la mayor matanza de la historia hasta el momento; una guerra química, apoyada por los laboratorios de investigación en Alemania, el Reino Unido y los Estados Unidos, en la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra. 

La Gran Guerra y el uso masivo de gases venenosos
Arriba: el óleo del pintor estadounidense John Singer Sargent, Gassed, pintado en 1918, que representa a soldados con los ojos vendados del 13º Batallón de la Fuerza Expedicionaria Canadiense, tras ser atacados con gases tóxicos en Yprés (Bélgica), en 1915.
Abajo: impresionante foto de una fila de soldados británicos, que también fueron cegados a causa de los gases tóxicos en la batalla de Estaires, el 10 de abril de 1918, que se exhibe en el Museo Imperial de la Guerra de Londres, en el Reino Unido.

Dentro de la Revolución industrial se fortalece la industria química europea en el siglo XIX y primeros años del XX, sobre todo la industria alemana, que estaba dominada por las “tres grandes” compañías, la BASF, la Hoechst y la Bayer, que siguen vigentes, que invirtieron millones en la búsqueda de nuevos compuestos sintéticos derivados de los colorantes textiles.

En plena Guerra, en agosto de 1916, las tres grandes compañías alemanas crean la “Comunidad de Intereses de la Industria de los Tintes”, base de la guerra química con gases neumotóxicos y vesicantes, concebidos para intoxicar, para envenenar, matar o incapacitar a otros seres humanos, que se consideran enemigos.

El ejército francés fue el primero en usar los gases, al utilizar granadas de mano con bromoacetato de etilo, una sustancia lacrimógena, para forzar a las tropas alemanas a salir de sus búnkeres en agosto de 1914. Dos meses después, el 27 de octubre de 1914, los alemanes lanzaban obuses de fragmentación con agentes químicos irritantes en su interior, contra las posiciones francesas, una mezcla de efectos estornudógenos compuesta por clorhidrato y sulfato de anisidina.

El cloro, ensayado contra las tropas francesas en abril de 1915 en Yprés, es considerado el primer ataque químico de la historia de la guerra, ataque con gases tóxicos que ocasionó 5.000 muertos y más de 15.000 afectados por los gases venenosos, cuando los alemanes generan en Yprés (Bélgica), una cortina de gases de cloro a lo largo de 10 km. que causa una verdadera masacre entre los aliados. Durante las siguientes seis semanas ocasionó 20.000 bajas en las tropas británicas, debido a su persistencia en el terreno, también se usó con frecuencia para “impregnar” zonas que no interesaba ocupar.

La industria química creció y multiplicó su poder no solo en el campo farmacéutico, sino en el campo militar. Continuando la, literalmente mortal, carrera por tener el químico más eficaz; se llega al 12 de julio de 1917, día en que los alemanes lanzan un nuevo veneno, la iperita o sulfuro de dicloroetilo, que los ingleses llaman “gas mostaza” por el intenso olor al condimento que desprendía. 

Iperita, por usarse por primera vez en Yprés (Yper, en flamenco), sustancia más efectiva, que produjo ocho veces más bajas que todos los demás gases tóxicos empleados. Sintetizada en 1822, la fabricación de iperita mejoró a finales del siglo XIX,  gracias a la reacción de tiodiglicol con el tricloruro de fósforo. El primero, estaba disponible en gran cantidad en las empresas que utilizaban los tintes textiles, por lo que la iperita se fabricó con gran facilidad en BASF y Bayer. Durante la Gran Guerra, se calcula, se utilizaron 12.000 toneladas de iperita.

La capacidad letal del gas era limitada, se calcula que solo el 3 % de las muertes en combate fueron debidas al gas, pero la proporción de las bajas no letales fue muy grande, llegando el gas a ser uno de los factores más temidos entre los soldados combatientes. El viento lo desviaba a poblaciones vecinas, afectando a la población civil. Adolf Hitler, fue una víctima, según lo escribe en Mein Kampf. En la fase final del conflicto, aunque el uso del gas aumentó, en muchos casos su efectividad disminuyó al poderse desarrollar contramedidas efectivas como las máscaras y los tratamientos médicos. El Protocolo de Ginebra (1925) prohibió de nuevo el empleo, pero no la proliferación de las armas químicas, que se siguen usando.

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Abel Fernando Martínez Martín

Doctor en Medicina y Cirugía, magíster y doctor en Historia.
Grupo de investigación Historia de la Salud en Boyacá- Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC).

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