La pandemia nos enseñó que, si no priorizamos la salud, la economía no avanzará

Mauricio Corredor Rodríguez | 30/12/2021 - 17:06 | Compartir:

Ya van 24 meses de pandemia mundial. Tras las fiestas decembrinas, se esperaba que la pandemia siguiera bajo control en Colombia, efecto de la mesura y el talento de sus habitantes. No obstante, siete días después, “no fue sino ponerle el cascabel al gato” (fiestas navideñas). El reporte oficial de infectados en los últimos días es: 3.281, 4.306, 6.326, 8.436 y arrancó la cuarta ola con fuerza en el país, efecto de la poca prudencia, la euforia y, a veces, hasta de la chifladura que nos caracteriza en épocas de “fiestas”. Incluso las vacunaciones bajaron, como si el virus estuviese en vacaciones. Sé que la pandemia en Latinoamérica cumple dos meses menos, pero eso en realidad ya da lo mismo cuando la falta de cuidado personal y el pobre control son la constante. Es como la pólvora decembrina, la misma “enfermedad social” que cada año llena los hospitales de mutilados. Es claro que somos una cultura que no aprende de los desastres.

Los males latinoamericanos son también norteamericanos, europeos, rusos o chinos. Recuerdo que hace unos años me sorprendió cómo, el 31 de diciembre, en Alemania se derrochaba pólvora, cual pueblo campesino colombiano. Asimismo, recuerdo que en febrero los chinos en las grandes ciudades de occidente hacen lo mismo con su cambio de año: pólvora y más pólvora. Son nuestras costumbres las que nos han llevado a la grandeza y la alegría o a la desolación y la tristeza. Parte de los pocos resultados alentadores de esta pandemia son producto de la preservación de la cordura, de la priorización del bienestar, del aprecio por el avance y la tecnología, en los cuales las bases se fundamentan en sanos propósitos. Digamos que la pólvora fue muy útil para la industria, pero también para la guerra, en épocas antiguas. En la mejora de esa tecnología, Don Alfred Nobel se enriqueció con algo parecido: la dinamita. Al morir dejó el legado de sus premios Nobel, pero, por el número de muertes causadas por la dinamita, se pregunta uno si tales premios hoy deberían existir. Así es de contradictoria la lógica humana.

Hace diez o quince años nos regocijábamos todos porque más del 50 % de la tecnología presente en casa venía de China y no fue fácil asimilar cómo un virus venido del mismo país hizo las del diablo con nuestra paz y tranquilidad. Sin lugar a dudas la culpa no es solo China, el resto del mundo contribuyó a la propagación del virus. La misma responsabilidad carga el comercio mundial al haber puesto todos los “huevos” del mundo en China. Tanto la dependencia tecnológica mundial de China como la pandemia de COVID-19 dejan lecciones que deberán marcar un punto de inflexión a partir del 2022, si no deseamos continuar en los mismos extravíos. Se necesitarán procesos innovadores y más eficaces; una simple cuarta dosis de la misma vacuna ya no será más una estrategia ingeniosa, ya que los virus mutan más rápido que la implementación de nuestra tecnología. Es claro que una nueva vacuna contra ómicron sería más acertada. Además, se precisarán nuevos medicamentos más eficientes, a precios más favorables, y también nuevos procesos de desinfección, menos lesivos para la salud y el ambiente. El objetivo será prever el desastre y no esperar a que nos caiga encima.

Hace ocho meses un colega científico hindú, el doctor Debmalya, me convocó para escribir un resumen general sobre las lecciones que nos dejó la pandemia, tanto en los aspectos positivos como en los negativos. Se preparó un libro de 15 capítulos y, con los doctores Debmalya y Lundstrom, escribimos el último capítulo, sobre las enseñanzas que nos dejó esta calamidad mundial. Muchas lecciones quedaron, entre ellas que un ente biológico, el virus SARS-CoV-2, trastocó el orden internacional. Éste deja una lección muy grande para el mundo de la tecnología, la ciencia, la medicina y sus administradores, dado que tales disciplinas no son completas ni están terminadas. Así también, deja lecciones a otras disciplinas humanas, como la salud pública, la economía, las ciencias sociales y las ingenierías, destacándose la de sistemas y computacional. En efecto, de estos 24 meses, inolvidables para la humanidad, será menester aprender lecciones si no queremos vernos de nuevo en las mismas. Cada patógeno deberá ser ahora prioridad y no un interés de países de tercer o primer mundo. Son 24 meses de esfuerzos para que millones recibieran una vacuna, entre las dos nuevas variantes, delta y ómicron, que se resisten a desaparecer. Nuevas estrategias habrán de repensarse rápidamente.

En síntesis, en estos 24 meses se subrayan varios aspectos positivos para la industria, la salud, la ingeniería y la ciencia. Como destacables, resalto los progresos en las comunicaciones, el seguimiento de la pandemia por el celular y la creación de más de 1.000 aplicaciones para monitorear el virus. Asimismo, se desarrollaron modelos matemáticos computacionales para el estudio de la incidencia y epidemiología del virus, se implementaron, incluso, modelos computacionales del comportamiento del virus en el medio ambiente con inteligencia artificial. Con relación a aspectos científico-diagnósticos, la detección del virus por RT-PCR convirtió esta técnica, de uso exclusivo en laboratorio, en la gold standard rutinaria en hospitales, desplazando las viejas técnicas inmunológicas, por sus eternos falsos positivos. Otro hecho destacable fue el empleo del ARN mensajero a gran escala por primera vez, que permitió desarrollar nuevos tipos de vacunas no existentes hasta entonces en el mundo médico, sintetizadas a una velocidad admirable, con menos efectos secundarios y con una eficacia mayor que la de las primeras vacunas de ADN, si las comparamos con las recientes desarrolladas contra el SIDA y el dengue, que terminaron siendo desechadas por su baja eficiencia. En los aspectos tecnológicos médicos, el desarrollo de nuevos aparatos robotizados para atender pacientes y realizar procesos de sanitización a gran escala rindieron buenos frutos en el control de la propagación del virus.

En lo que respecta a los aspectos negativos revisados, hay igualmente varios asuntos a repensar o, por lo pronto, a no repetir. Es de lo que debemos aprender más, pues, de continuar con los mismos yerros, no superaremos otras nuevas y futuras pandemias. Entre ellos destaco la falta de información efectiva y oportuna de los gobiernos, no solo los indignos silencios de Xi Jinping, Trump o Bolsonaro. Esto último no fue mencionado en tal artículo, pues es un artículo netamente científico, pero está claro que el comunismo y el capitalismo piensan más por su estómago ideológico que por el bienestar humano. Retomando la falta de información, también sucedió a nivel local, en pueblos, alcaldías y regiones, donde se fomentó la desinformación aprovechando las redes sociales, lo que llevó a revolver una solución sanitaria con un asunto de negacionistas y antivacunas, hecho que jamás enfrentó en el pasado la humanidad, en el que unos están obligados a salvar vidas y otros cuestionan la labor, generándose posturas irreconciliables, en las que los pacientes solo esperan beneficio. Incluso apareció una vertiente de médicos y enfermeras no adherentes a las vacunas, lo que deja a las claras que hay posturas incompatibles en las profesiones y que las carreras solo están enseñando datos, lejos del análisis fundamentado en la ética y la razón. 

En ese sentido, profesiones como las ingenierías, el periodismo y hasta las ciencias no pueden prescindir de la autocrítica o la autoevaluación, salvaguardando la calidad y la ética sobre intereses creados. Algo que no sucede en nuestro país, donde puentes y edificios se caen sin juzgar a culpables o se inventan, a veces, calumnias con el permiso de una fabricada libertad de expresión. Mi pregunta es, si algunos médicos y enfermeras no deseaban vacunarse, ¿cuál es la autoevaluación que hacen decanos y profesores de ese hecho? Es clave entender que de la autocrítica surgen nuevos retos y mejores oportunidades. Sé y conozco que muchos médicos cuestionan la labor industrializada de la promoción de medicamentos, en la que se superponen las acciones de bolsa sobre la salud y, obviamente, no les quito la razón en esta reflexión a los galenos. Clave entender posturas, eliminarlas es polarizar el problema, es mejor retroalimentar ideas antes de juzgarlas o enfrentarlas obstinadamente. Los consensos siempre son más productivos.

Otra lección a aprender es sobre los costos excesivos de las vacunas y las negociaciones de los laboratorios y gobiernos a espaldas de la ciudadanía, liberando a las farmacéuticas de responsabilidades. Está claro, además, que quien tiene la tecnología la usará para su beneficio, olvidando el resto de los países, pero no se nos olvide que los entes biológicos no saben de política ni de nacionalidades. Una última lección, con el fin de corregir, es que nos concentramos en desarrollar solo vacunas, olvidando los medicamentos, y hoy solo contamos con dos de ellos, desarrollados por Pfizer y Merck, con precios entre 500 y 700 dólares por tratamiento. Recordemos que ni las vacunas ni los nuevos medicamentos tienen una protección del 100 %. Quienes imaginan medicamentos o terapias que protegen al máximo, conciben una medicina que aún no existe en la Tierra, se trata de seguir los preceptos y los esfuerzos honestos de querer salvaguardar vidas, soportados en el juramento hipocrático de Ginebra o en el de Luis Lasagna.

Está claro que todo lo no deseable que sucedió en la pandemia fue producto de nuestra inexperiencia, atraso, desconocimiento, ignorancia y obstinación, pero que lo poco logrado o mejorado es producto de todo lo contrario: experiencia, desarrollo, conocimiento y comprensión. No ha sido en medio de polarizaciones que la humanidad ha logrado avanzar. En democracias abiertas, en las que se puede ejercer cualquier profesión libremente, la autoevaluación es esencial y así se logra una praxis honesta, con satisfacción y sin coacciones. El respeto a la salud, la recreación, el cultivo de las ciencias, la valoración de la cultura y las artes hacen la diferencia y marcan distancia con el racismo, la discriminación y la desigualdad. La satisfacción de un país o cultura se enmarcará siempre entre la libertad y la diplomacia de posturas, y no entre carencias sociales, autocracia y contienda. 

Un proceso notable en pro de contener la pandemia fue que la salud le marcó la dirección a la economía, recordándole que no estaba por encima de las personas. Es claro que las desmedidas ganancias también ponen en riesgo la salud y el bienestar de las mayorías, sacrificando nuestra tranquilidad. En 24 meses la economía mundial sufrió un duro golpe y, de paso, muchos perdieron su trabajo, otros, como el personal de salud, debieron trabajar gratis varios meses, principalmente en Latinoamérica y África, mientras que otros, en cambio, ganaron mucho más que antes y sin pagar impuestos en el extranjero, como sucedió con Google y Facebook. Incluso se descubrió que Amazon y algunos de los más ricos de EE. UU. no pagan impuestos en su propio país. 

Siendo optimista, uno supondría que tan pronto pase la pandemia otros asuntos graves como el trabajo infantil (chocolate africano) o la esclavitud de mujeres (costurera esclavizadas en Bangladesh) terminarán pronto gracias a la solidaridad humana. Qué iluso yo. Sé que esfuerzos como el de la “ropa limpia”, que combate el trabajo de explotación humana en la fabricación de nuestra ropa en Asia, son virtudes que muchos no comparten o no conocen. Y a la larga esas “tonterías” no son comparables con el pan de cada día en nuestro país: guerra civil, narcotráfico, pobreza, secuestro y amenazas. Si la pandemia nos hizo olvidar un poco los grandes problemas mundiales, no significa que se borraron por un virus. El calentamiento global y la acumulación desmesuradas de capitales en medio de una brutal pobreza y contaminación no es desarrollo mundial equitativo. Concebimos un mundo para la conveniencia exclusiva de una especie y, dentro de esa especie, privilegiamos exclusividad para unos cuantos. Por ejemplo, ¿se administrará un medicamento de 700 dólares a pobres afectados por COVID-19 y después a empleados del gobierno? Seguro. Filtro sobre filtro. Si la salud sigue por debajo de la economía, seguiremos como tontos repitiendo la historia, en la que la tecnología será una herramienta de manipulación y no la solución a nuestros problemas. Finalmente, en esta época, cuídense en familia, es la mejor forma de pasarla bien. Tratar de entenderse y ceder en obstinadas posturas es otra forma de aprender.

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Mauricio Corredor Rodríguez
Biólogo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá; magíster en Ingeniería enzimática, bioconversión, microbiología, Universidad de Tecnología de Compiègne, Francia; PhD en Genética Molecular de la Universidad de París XI - Sud, Francia; postdoctorado en Biología Molecular de la Universidad de Montreal, Canadá; líder del grupo de investigación en Genética y Bioquímica de Microorganismos, GEBIOMIC-UdeA. Profesor de planta del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia, Medellín.

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Biólogo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá; magíster en Ingeniería enzimática, bioconversión, microbiología, Universidad de Tecnología de Compiègne, Francia; PhD en Genética Molecular de la Universidad de París XI - Sud, Francia; postdoctorado en Biología Molecular de la Universidad de Montreal, Canadá; líder del grupo de investigación en Genética y Bioquímica de Microorganismos, GEBIOMIC-UdeA. Profesor de planta del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia, Medellín.

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Biólogo de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá; magíster en Ingeniería enzimática, bioconversión, microbiología, Universidad de Tecnología de Compiègne, Francia; PhD en Genética Molecular de la Universidad de París XI - Sud, Francia; postdoctorado en Biología Molecular de la Universidad de Montreal, Canadá; líder del grupo de investigación en Genética y Bioquímica de Microorganismos, GEBIOMIC-UdeA. Profesor de planta del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia, Medellín.

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Félix León Martínez

MD. Investigador del Grupo de Protección Social del Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la Universidad Nacional de Colombia. Presidente de la Fundación para la Investigación y el Desarrollo de la Salud y la Seguridad Social (FEDESALUD).