A pesar de ser una de las culturas mediterráneas, que contaba con los mejores sistemas sanitarios públicos, al proveer a sus ciudades con acueductos, alcantarillas, cloacas máximas, además de baños y letrinas públicas, los romanos no escaparon, a pesar de todos los elogios, de la infección por los parásitos intestinales que reinaban, desde tiempos neolíticos.
Los parásitos intestinales están asociados al Neolítico, al inicio de la vida sedentaria y de la agricultura, a la convivencia con los animales domésticos, a la agrupación de mayores poblaciones humanas y a la eliminación de las excretas y de las basuras, que contaminaban las aguas, que se bebían o se utilizaban para regar los cultivos y, asociado al milenario estiércol, que procesaban y utilizaban para fertilizar la tierra, proveniente tanto de animales como de seres humanos.
Estrabón, famoso geógrafo e historiador griego del siglo I a. C., que describió el mundo conocido en su tiempo, muestra admiración ante el ingenio sanitario desarrollado por los romanos en sus ciudades en su obra Geographica, donde afirma que: “Las alcantarillas, cubiertas con una bóveda de piedras ajustadas, tienen espacio en algunos lugares para los carros de heno para conducir a través de ellos. Y la cantidad de agua llevada a la ciudad por los acueductos es tan grande que los ríos, como era, fluyen por la ciudad y las alcantarillas; casi cada casa tiene tanques de agua, y tuberías de servicio, y abundantes corrientes de agua”.
Dos milenios después, el inglés Piers Mitchell, paleontólogo y antropólogo de la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, se ha dedicado a medir en diferentes yacimientos arqueológicos, entre los que se encuentran las ciudades de Roma y Pompeya, el nivel de endoparásitos y de ectoparásitos presentes. Basa su investigación paleo parasitaria en el número de huevos de endoparásitos que se encuentran en los restos de las heces humanas fosilizadas que encuentra en los yacimientos arqueológicos. El número de huevos por centímetro cuadrado de heces es el que determina el nivel de parasitismo de una época de la historia.
Los resultados de sus investigaciones sorprendieron a la comunidad académica, porque el número de huevos por centímetro cuadrado en la época romana no fue menor, como se esperaba, al registrado en el periodo neolítico o en las posteriores edades conocidas como de Bronce y de Hierro, en Europa: “No hay un descenso de parásitos con los romanos”. Piers Mitchell lo sintetiza así: “aunque era de esperar que las distintas tecnologías sanitarias romanas, como las letrinas públicas, el agua limpia de los acueductos o los baños públicos mejoraran la salud intestinal de la población reduciendo los parásitos, las evidencias arqueológicas no lo demuestran”.
Precisando los investigadores los parásitos más frecuentes registrados entre la población romana, el primer lugar lo ocuparon los tricocéfalos, un gusano nemátodo. El segundo lugar fue para las lombrices intestinales, que incluyen varios tipos de nematodos, como el Ascaris lumbricoides y el Enterobius vermicularis. Todos los parásitos intestinales anteriores se transmiten por la contaminación fecal de los alimentos y la ingesta de sus huevos. No lavar las manos o utilizar el estiércol humano como abono son las causas más frecuentes de la pervivencia del parasitismo.
El tercer puesto fue para otro gusano, conocido como la tenia de los peces, Diphyllobothrium latum, el parásito más grande que infecta a los humanos, que resultan infectados al comer pescado de agua dulce, proveniente de ríos o de lagos, que está crudo o no bien cocido, que tiene los quistes de la tenia de los peces. La lombriz adulta es segmentada, que se sujeta a la pared intestinal, puede alcanzar una longitud de 30 metros. Los huevos se forman en cada segmento de la lombriz y se expulsan con las heces, infestando a otros.
Piers Mitchell concluye que las obras sanitarias romanas sí fueron muy útiles pues, “los retretes venían bien para evitar que la gente tuviera que dejar la ciudad para ir a casa a hacer sus necesidades, los baños públicos debieron hacer que la gente oliera mejor y los acueductos minimizarían el riesgo de quedarse sin agua. Pero ninguna de estas cosas parece haber reducido el riesgo de infectarse con algún parásito” intestinal ingiriendo sus huevos, que están presentes en las heces fosilizadas de los romanos de hace dos milenios.
Abel Fernando Martínez Martín
Doctor en Medicina y Cirugía, magíster y doctor en Historia.
Grupo de investigación Historia de la Salud en Boyacá- Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC).