Entierros y tornaviaje del cadáver del arzobispo Almansa

Abel Fernando Martínez Martín | 11/01/2026 - 17:15 | Compartir:

Muerto el arzobispo Almansa, a causa de la epidemia de tabardillo, compusieron el cuerpo difunto vistiéndolo de morado, sin embalsamarlo. Al ponerle guantes vieron que “tenía las manos como de hombre vivo […] del cuerpo saltaba un olor suave que todos decían era como de una fruta de la tierra, muy olorosa, que llaman piñas”. El cadáver de Santa Teresa olía a rosas, el de Alejandro Magno a violetas y el arzobispo criollo olía a fruta tropical, a piña, fragancia percibida como olor de santidad. A día siguiente, se hizo el entierro bajo de la peana del Altar Mayor de la iglesia de Leiva que se estaba construyendo y, como la peste no había entrado a Leiva, “ahondaron dos estados la sepultura y encima echaron dos fanegas de cal viva” con agua, para que la humedad y la cal consumiesen la carne, para poder llevar sus huesos a Madrid.

Entierros y tornaviaje del cadáver del arzobispo Almansa
Óleo anónimo del siglo XVII, del arzobispo limeño Don Bernardino de Almansa que se encuentra hoy en Chiquinquirá y que tiene un cuadro, que está a la derecha, un óleo de la Virgen de Chiquinquirá, obra del pintor criollo Antonio Acero de la Cruz, del siglo XVII. El óleo está muy relacionado con el arzobispo Almansa, al que se le hace y decora el túmulo funerario en Santafé, en la casa de sus amigos los Solís y Valenzuela, donde exhiben el cadáver incorrupto del arzobispo Almansa, antes de su tornaviaje para ser sepultado en la iglesia de un convento de monjas en Madrid, seis años después de su muerte por la epidemia de tabardillo en Leiva.     

En Santafé solo residía el médico y cirujano español Pedro de Valenzuela con algún conocimiento médico para enfrentar la peste. De los siete hijos del cirujano, que tenía 82 años cuando expuso el cadáver de Almansa en su casa, dos, Bruno y Pedro Solís, son actores principales en la vida y muerte de Almansa, cuyo cadáver reposó en el oratorio de la familia Solís en Santafé. El pintor Antonio Acero de la Cruz decoró el túmulo funerario en que se exhibió, en capilla ardiente, el cadáver incorrupto. Acero de la Cruz pintó la puerta de la capilla y la adornó con jeroglíficos y algunos versos en honor del criollo arzobispo, que Solís incluye en el epítome. 

Almansa revive, en el siglo XVII, el culto y el uso taumatúrgico del cuadro de la Virgen de Chiquinquirá, como en la epidemia de 1587. Flórez de Ocáriz destaca el suave y peculiar olor que exhalaba su cadáver. Rodríguez Freyle escribe: “el cuerpo mirrado, aún no se ha deshecho. El cuerpo fue enterrado con abundante cal, a profundidad en la iglesia de Leiva”. Allí permaneció por años el cadáver, lo que acentuó la leyenda de su santidad. El arzobispo nombró albacea al sacerdote en cuya casa murió. Éste, viendo que ordenaba que sus huesos fueren llevados a Madrid, un año después, quiso ver en qué estado estaba el cuerpo para llevarlo.

Al abrir la tumba debajo del altar, su cadáver se encontró como se había enterrado un año atrás, con mejor olor, prueba de la santidad del arzobispo, para Solís: “Se halló el cuerpo del arzobispo como estaba el día en que fue sepultado, sin haber mudanza en carnes, barbas y cabellos; ni en otra cosa y las aromas y perfumes que llevó, no fueron necesarios por ser de mejor olor las que exhalaba el cuerpo”. 

Flórez de Ocáriz ratifica que lo hallaron “como el día en que le enterraron, con fragante buen olor y muy tratable, con que volvió a echarle nueva cal y cerrar la sepultura”, para que la cal siguiera consumiendo la carne, evitando la putrefacción. Dos años después de la muerte, abrieron nuevamente la sepultura en la iglesia de Leiva y encontraron que el cuerpo seguía incorrupto: “mandó el Canónigo se volviese a cerrar la sepultura y echar más cal sobre el cuerpo y más agua para que se corrompiese”. 

En septiembre de 1635, envió el cabildo eclesiástico un licenciado y un notario, que testimonia su entrada en la sepultura con una tea: “palpé un cuerpo difunto […] entero de pies a cabeza […] tiene el rostro cubierto con la piel, la barba y bozo como si estuviera vivo […] está entero, y las vestiduras sin que cosa de todo ello se rasgase […] había un olor que asemejaba al que tienen las piñas. El cuerpo está para sacarle y mudarlo a otra parte”. 

Cuatro, años después de la muerte del arzobispo, se metió el cuerpo en un arca muy bien labrada. El arca se cerró, clavó y cubrió a las 4 de la madrugada, porque los vecinos de Leiva se oponían a que se llevaran el cuerpo del arzobispo de su iglesia y salió al fin para Santafé, donde le hicieron las honras fúnebres en la catedral: “está su cuerpo en casa del cirujano Pedro de Valenzuela, en una capilla adornada, porque su hijo lo ha de llevar a Castilla este año de 1638”. 

Los Solís preparan y exponen en su casa el cadáver incorrupto de Almansa, donde lo vio Flórez de Ocáriz: “del ataúd salían unas palomitas y un olor de consuelo y los sacerdotes que le asistían meneaban los brazos dando a besar las manos a los que concurrían". 

Por real cédula, se ordenó el viaje a Madrid del cadáver y encargaron los albaceas a Bruno Solís, al que dieron 1.000 patacones para sacarlo de la villa de Leiva, “trayéndole a Santafé, casi en la forma que lo habían hallado en las dos veces anteriores, y salió de viaje a España el 2 de junio de 1638, habiendo precedido jurídicas averiguaciones e instrumentos de circunstancias admirables que concurrieron a modo de milagros”. 

En Mompox fue expuesto y venerado cinco horas, para seguir a Cartagena, de donde partió en la flota de galeones el 7 de agosto de 1638, en la misma nave que retornó a la península su rival, el marqués de Sofraga con su Juicio de Residencia. 

A Cádiz llegó el tornaviaje en julio de 1639. El cadáver siguió a Madrid, lo depositó Bruno el 8 de septiembre en el convento de concepcionistas franciscanas descalzas, a las que había dado 30.000 ducados de plata para hacer su iglesia y tener después de muerto sepultura en ella. El proceso de beatificación del Almansa no progresó en Roma. 

Almansa revive, en la cuarta década del siglo XVII, el culto y uso taumatúrgico del cuadro de la Virgen de Chiquinquirá en la epidemia en Tunja y Santafé. El cuadro no queda en ninguna de las dos ciudades, viaja de vuelta a Chiquinquirá, decisión que tomó el sucesor de Almansa, el dominico Cristóbal de Torres, promotor de la devoción del Rosario en el Reino, que adapta el cuadro de la Virgen de Chiquinquirá a la devoción y entrega el santuario a su orden, la dominica.   

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Abel Fernando Martínez Martín

Doctor en Medicina y Cirugía, magíster y doctor en Historia.
Grupo de investigación Historia de la Salud en Boyacá- Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC).

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