De delincuentes a verdugos II

Félix León Martínez | 02/03/2022 - 10:55 | Compartir:

Esta es la segunda entrega de un artículo que se publicará dividido en varias partes. Acceda a la primera parte aquí. El autor recomienda leer todas las partes de este artículo de opinión con el fin de tener una idea integral de lo que sugiere y propone. 

El aborto

Se ha señalado que la profesión médica, en general, ve con buenos ojos la despenalización del aborto antes de la semana 24, pero es necesario aclarar esta posición: una cosa es que la mayoría de los médicos no sean partidarios de la aplicación de sanciones penales a las mujeres que abortan, por considerar que de una u otra manera se han visto forzadas a tomar la drástica decisión de actuar contra su gestación -ya que por su experiencia profesional conocen de primera mano las difíciles condiciones de vida que determinan esta casi siempre muy dolorosa opción- y otra cosa completamente distinta es que se ordene a los médicos y las instituciones de salud provocar los abortos y que se les amenace con sanciones legales por no hacerlo.

Se anotó previamente que la ética médica puede aceptar sin reparo la decisión de la Corte Constitucional de despenalizar el aborto en situaciones específicas relacionadas con el riesgo biológico; sin embargo, el problema surge, por ejemplo, al incluir la violación como justificación del aborto, pues este no es un criterio médico, ni biológico, sino un criterio moral.  

En este punto, choca la ética de la justicia y moral de la época con la ética de la vida. En los actuales tiempos, la violación es considerada una conducta mucho más grave y, por ende, objeto de penas más severas que en tiempos pasados. Incluso la definición misma de violación se ha ampliado, por ejemplo, a los casos en que la mujer embarazada es menor de cierta edad, la que cultural y socialmente se determina. Pero, sin pretender justificar la violación, en este camino hacia el absolutismo moral propuesto (no real), es pertinente recordar que ninguno de nosotros existiría, si la violación o cualquier relación sexual sin pleno consentimiento de la mujer o la sociedad, no se hubiera dado en tiempos pasados. En el árbol genealógico de todo ser humano, cercana o distante, siempre estará presente, aunque generalmente oculta, la violación que hizo posible su actual existencia, y en la mayoría de los casos, si se tienen en cuenta los criterios actuales de violación, no más allá de dos o tres generaciones. Finalmente, desde la ética de la vida, cabe recordar que el embrión, ser humano en potencia, o el nacido producto de una violación, en ningún caso es responsable o debe pagar por la conducta de su progenitor.

Y cabe, en este punto, precisar a la Corte Constitucional, y a la prensa, que el aborto no es un procedimiento médico. Interrumpir el embarazo y provocar el aborto ha sido fácil desde tiempos remotos para muchas personas, distintas a los médicos, utilizando toda clase de métodos físicos y químicos, que buscan, por las más nobles o perversas razones, hacer daño al organismo de la madre o del feto. El procedimiento médico, sin embargo, no ha consistido históricamente en causar daño al organismo, es decir, provocar el aborto, sino en el tratamiento necesario después de desencadenado el aborto por terceros, para evitar las graves consecuencias de la retención de los residuos gestacionales y la infección, por un aborto incompleto*. 

De modo que no es aceptable que la profesión médica o las instituciones de salud sean forzadas a provocar abortos, opción que sólo tomarán voluntariamente cuando se trate de salvaguardar la vida de la madre o ante una seria deformación del feto. Pues, ¿cuál respuesta pretenden si se despenaliza el aborto y simultáneamente se amenaza legalmente a las instituciones de salud y a la profesión médica si no lo practican? ¿Acaso se debería cambiar el título de clínicas materno-infantiles por “clínicas materno-infantiles y de abortos”? Podrán añadir un slogan como “Por la puerta izquierda cuidamos de su embarazo, para que tenga un niño sano, por la puerta derecha lo desechamos” (procure no equivocarse de puerta). ¿No sería preferible separar los centros de abortos y buscar empresas y médicos con suficiente laxitud ética para que emprendan estos negocios, lo que resultaría muy fácil en estos tiempos que todo es cuestión de mercado y de emprendimientos? ¿O sería mejor crear clínicas de abortos con atención exclusiva de médicas y médicos partidarios del aborto?

Si se libera completamente el aborto del tabú que proscribe cualquier afectación del mandato genético y el curso biológico de la vida, y una vez aceptado como una decisión autónoma y libre de cada mujer, ¿como la de hacerse una cirugía plástica?, no faltarán las aseguradoras o empresas de medicina prepagada que ofrezcan descuentos en la mensualidad si se escoge la opción de deshacerse tempranamente del embarazo. Su publicidad les dirá: ¡No arriesgue su futuro profesional y la calidad de vida de su familia… La crianza de un hijo resulta muy costosa y la educación aún más… ¡Aproveche la rebaja de su póliza de salud familiar, si opta por el aborto!

En este punto, la profesión médica debe aclararle adicionalmente a la sociedad que su ética de la vida, como valor superior a cualquier ideología o pensamiento en boga, no le permite siquiera considerar la práctica del aborto en las últimas semanas del embarazo, cuando el no-nato ya tiene la capacidad de vivir fuera del útero de la madre, pues extraer un feto viable y detener intencionalmente sus funciones vitales ya desarrolladas, es casi lo mismo que arrojar un recién nacido a la basura.

La modificación del cuerpo

Ampliando la mirada de este tema, la profesión médica debe dejar claro a la sociedad, que su ética no le permite atender ordenes de los jueces, ni deseos de los individuos, por poderosos que sean, basados en las doctrinas en boga que defienden el individualismo y subjetivismo a ultranza, concepciones filosóficas que permiten colocar, por delante del mandato de la vida y de la salud, los intereses del marketing personal, hasta dañar, deteriorar o modificar intencionalmente el cuerpo humano, cuerpo real que debe existir disociado, supeditado e incluso considerado un estorbo para el ente pensante y deseante.

El individualismo se ha desarrollado progresivamente desde el siglo XV, con el nacimiento de la modernidad, que da origen al ser humano que se cree dueño de sus pensamientos y sus actos, para superar el determinismo teológico previo; a su vez, el subjetivismo a ultranza es producto de la postmodernidad o posmaterialismo, doctrina que es capaz de considerar el conocimiento científico de la realidad apenas un punto de vista. El subjetivismo a ultranza hace su explosión gracias a la gubernamentalidad neoliberal de la últimas décadas, técnica de control social que ha logrado -con bastante éxito-, convencer al ser humano de que es el único responsable de su propio triunfo o fracaso, para lo cual es condición previa, por supuesto, la creencia en la “libertad” absoluta de cada individuo y sus posibilidades infinitas, sin importar la realidad que lo envuelve; subjetivación y psicologización total que conduce a mujeres y hombres a invertir en su propio cuerpo o en aspectos inmateriales como la belleza, el amor, la sexualidad, el conocimiento, la espiritualidad, para capitalizarse y ser empresarios de sí mismos (Foucault 1979) , hasta el punto que sus deseos, su marketing personal, se tornan más importantes que la propia realidad. 

La profesión médica, por tener como mandato fundamental la salud y la vida, debe rechazar con firmeza solicitudes originadas en la subjetividad a ultranza para afectar el organismo, mutilarlo, deformarlo intencionalmente o incluso poner fin a la vida misma. Comencemos por las deformaciones extremas del rostro y el cuerpo con técnicas quirúrgicas, inversiones en el cuerpo para “mejorar la apariencia”, para venderse mejor en un mundo que definió el éxito económico como único valor. ¿Decisiones personales o resultado de la necesidad creada de invertir en mejorar la apariencia, de marketing personal para triunfar en una sociedad y un mercado muy competitivos? ¿Acaso el cuerpo en su condición natural no le sirve al mercado?

Como se señaló anteriormente, los reiterativos excesos en la utilización de la cirugía plástica, con fines “estéticos”, obligan hoy día a muchos médicos a reflexionar seriamente sobre este tipo de demandas de la sociedad. ¿Cuál es el modelo de belleza que se persigue? ¿Cuánto se puede frenar el calendario de la piel? ¿Acaso no son necesarias cirugías tras cirugías para mantener el modelo de belleza o la juventud que se desvanecen? ¿Este cúmulo de intervenciones acaba por producir belleza, u horrorosas caricaturas de la belleza? ¿Saben los operados qué sucede con las prótesis cuando avanzan los años y la piel pierde su elasticidad y capacidad de sujeción? ¿Cuántos riesgos para la salud y la vida se asumen en estos procesos quirúrgicos? Aquí también parece ser que el disociado ente interior se aleja y niega al organismo que lo alberga. Por supuesto, la defensa de la subjetividad o el “libre desarrollo de la personalidad”, como señalan las Cortes, constituye la defensa del ente disociado. El organismo real debe supeditarse al ente disociado.

La subjetividad puesta por encima de la realidad se hace más evidente en el famoso “cambio de sexo”. Se escuchan frases para justificarlo como “Atrapada en el cuerpo de un hombre”. Esta interpretación y racionalización del deseo sexual por personas del mismo sexo presupone igualmente la existencia de un ser disociado y separado del cuerpo, ser inmaterial y deseante al que las Cortes parecen responder, mientras niegan y menosprecian su propio y real organismo.  El deseo sexual, cualquiera que sea, no es el problema, pero parece ser que la culpabilidad del deseo se evita con frases como la señalada. “No es que tenga atracción por otros hombres, es que en realidad soy mujer, pero me dieron un cuerpo equivocado". En suma, el ente imaginario se convierte en el individuo real y el organismo real resulta ser un extraño, remitido por equivocación de algún responsable de la creación o la fabricación del mismo. Por tanto, esta “equivocación” debe ser corregida y, dado que no pueden enviar un cuerpo nuevo a la medida del deseo, se solicita la deformación del existente, la mutilación o el implante de órganos sexuales externos o sucedáneos. 

El resultado de esta exigencia de “cambio de sexo”, apoyada recientemente por la justicia, no logra más que una apariencia externa de mujer o una apariencia externa de hombre, pero funcional y realmente nunca un hombre o una mujer reales. No existe tal cambio de sexo, la medicina no tiene, ni mucho menos, esa posibilidad real. Cuando los solicitantes, una vez intervenidos, lo confirman, sufren una gran decepción y, la mayoría de las veces se deprimen profundamente, aunque posteriormente racionalicen su decisión, porque ya no hay vuelta atrás. Han perdido incluso los principales puntos de placer que les había entregado la madre naturaleza. La aceptación de la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad, o la asunción de cualquier identidad de género, en fin, ejercer la sexualidad deseada a través de mecanismos menos drásticos que la mutilación o el implante de genitales, que deterioran el organismo, produce personas más felices, según opinan muchos expertos.

Por este camino, el día de mañana alguien querrá exigir el derecho a un trasplante de piel por no gustarle el color que le dieron sus genes, o por no estar conforme con los tatuajes que se hiciera años atrás, o bien, algún fanático religioso pretenderá que le quiten los ojos para no ver el pecado de la humanidad. Toda clase de deformaciones y prótesis pueden ser deseadas y llegar a considerarse un derecho para el libre desarrollo de la personalidad. Lo malo es que, por este camino, se exigirá a los médicos que mutilen y deformen los cuerpos al gusto del consumidor alienado y deseante. La profesión médica algún día se verá en la obligación de rechazar firme y colectivamente las pretensiones de transformar el organismo en la búsqueda de modelos ideales e irreales de existencia posicionados en el mercado, tal como los cantantes fabricados en Miami o los ridículos superhéroes creados por Hollywood.

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Félix León Martínez

MD. Investigador del Grupo de Protección Social del Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID) de la Universidad Nacional de Colombia. Presidente de la Fundación para la Investigación y el Desarrollo de la Salud y la Seguridad Social (FEDESALUD).

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