Sea “paciente”, porque… no hay camas

Juanita Martín… | 26/01/2019 - 09:54 | Compartir:

Te vas una tarde a urgencias porque tu madre de 83 años tiene un sangrado. La llevas pensando la mala noche que vamos a pasar, porque ya sabemos que son mínimo horas las que tendremos que esperar, ya que claro, como siempre, están saturadas. No hay camas para tanta gente, no hay infraestructura para tanta gente, no hay personal de salud para tanta gente. Pero bueno, lo importante es que se mejore. Con suerte saldremos mañana con unas órdenes para exámenes y daremos las luchas respectivas para que los autoricen. Igual ya tenemos práctica, no es la primera vez.

Y la tarde se alarga en la sala de urgencias, con unos exámenes de por medio, y el día se convierte en noche, y más exámenes, y otro día más. Parece que el tema se demora, pero no te suben a piso, porque… no hay camas. La salud de tu madre se debilita; pero bueno, así es la vida, envejecemos, nos enfermamos, nos marchitamos, eso hace parte del ciclo de la vida… Y tú conseguiste una silla, para pasar otra noche en urgencias porque…. no hay camas.

Tu madre ya no se puede levantar, le consigues pañales, ya estuvieron a punto de no llegar al baño y no quieres que eso vuelva a pasar. Además, en ese momento perdiste la silla que te permite pasar la noche sentada al pie de la camilla, cuidando a tu madre en las agitadas urgencias, al lado de otras tantas camillas, con otras tantas personas, con sus padecimientos y sus acompañantes. Ellos también luchan por conservar uno de esos asientos que escasean. Qué valor tiene ese pedazo de plástico en esa tediosa espera. Pero la paciencia se agota y los miedos se agolpan y la angustia te carcome, y tu madre cada vez peor y tú sigues sin saber qué tiene, pero, menos mal, está ahí esa silla que lograste recuperar para pasar otra noche más en urgencias, porque en las habitaciones del hospital…. no hay camas.

Al quinto día hay movimiento. ¿Un examen nuevo? No… pero ¡por fin hay una cama! Una habitación de cuatro personas, pero ¡hay una cama! Por lo menos lejos de las bulliciosas urgencias, donde la luz se pueda apagar de noche, donde tu madre pueda conciliar el sueño y estar un poco más tranquila. Y una silla, una silla de plástico que podrás conservar, sin tener que cuidar tan celosamente que no se extravíe. Y es que al final lo piensas y tienes suerte, y tu madre tiene suerte porque tú estás ahí con ella y puedes estar con ella. Esos días de vacaciones que tenías guardados están siendo una bendición. 

Los médicos han llegado a la conclusión de que hay que hacer un examen más, uno para saber qué es lo que pasa en el intestino de tu madre, que está sangrando. Parece que por fin vamos a saber qué tiene. Pero esa prueba no la hacen en el hospital en el que se encuentran, ni siquiera en la misma ciudad. Tienen que trasladar a tu madre a un hospital en el que sí se la puedan hacer. Otra silla de plástico seguramente conseguiremos allí también para pasar las noches.

Tengo que ir a casa rápido, hay que alistarlo todo para viajar y hay que avisar en el trabajo para que me sigan descontando de las vacaciones, porque ¡nos vamos para Bogotá! Pero toca que bajen la orden a la oficina correspondiente y que ésta la remita a la de la EPS y que dentro de la EPS se pida la respectiva autorización y que se solicite a los hospitales con convenio que la acepten y que, luego de que el consejo médico de uno apruebe, haya suerte de que tenga espacio y, si tienen espacio, solicitar la ambulancia… Pero bueno, tengo que correr a alistar las cosas porque ¿qué tal salgan pronto y yo no esté para acompañar a mi madre? Mi hija y mi sobrina vinieron hoy y el médico les dijo que iba a escribir en la solicitud de remisión que era urgente, eso no se podrá demorar tanto… 

Pero pasó el día y llegó la noche y, menos mal, tenía la silla y podía estar a los pies de la cama de mi madre. En una silla de plástico no es fácil dormir, pero uno se va acostumbrando, ya sabemos que en algunos oficios se pasan muchas noches así. Ya pasará esta sexta noche y mañana, seguro, viajamos. Pero esta noche mi madre estuvo despierta: se le bajó el azúcar, le dio taquicardia, empezó a decir que se iba a morir y yo pensé que la iba a perder. 

Sí, fue sólo una hipoglucemia, pero en ese momento uno no piensa en eso, además no estudié medicina y uno no está preparado para ver a su madre así. En ese momento también recuerdas que después de siete días no se sabe lo que tiene y que hace tres días dijeron que la trasladarían urgente para Bogotá, porque ya pasó otro día y ya va a pasar otra noche, y ya has llamado a tus conocidos y amigos y parientes, y a la EPS y a los médicos que conoces y a los familiares que te pueden dar una mano y a quienes crees que pueden influir, y has escrito y has llamado, y varias personas se han comprometido a ayudarte y están haciendo lo posible, pero… no hay camas. 

No hay camas porque los hospitales en los que se puede hacer el examen están colapsados, al igual que toda la red hospitalaria, y todo el sistema, y ninguno recibe a tu madre: ¡Porque no hay camas! Y pasas el día siguiente llamando y escribiendo y cuidando a tu madre, y las vacaciones se acabaron y menos mal tu jefe te va a dar dos días más, y subes y bajas escaleras, porque sólo hay un ascensor que funciona, y preguntas en esta oficina y en la otra, y a pesar de la angustia y la desesperación que llevas dentro respiras profundo y tratas de mantener un buen semblante y tratas de no molestar y tratas de no gritar y tratas de no llorar y sólo tratas de que alguien te diga que se solucionó, pero… no hay camas.

Y pasa otra noche y todos los que te ayudan se empiezan a agotar, te empiezan a decir que ese examen está complicado, que hay que tener paciencia, que por lo menos tu madre ya está medianamente estable, aunque no sepas lo que tiene, ni por qué, ni si va a tener una recaída. Y no lo vas a saber esta tarde, ni esta noche, porque no vas a ir aún a un hospital donde hagan el examen, porque… no hay camas. 

El décimo día lloras, claro, sin que tu madre te vea, y ella está débil y está pálida y a ratos despierta, cuando termina el efecto de la morfina que le han tenido que poner porque ese dolor de brazo que tenía hace meses ahora sí no lo puede soportar, y otra hipoglucemia y el potasio bajo, y tú en la silla y tu madre postrada en esa cama y la otra cama que necesitan que no está, y ya has puesto quejas a la EPS y la gente sigue intentando ayudarte, pero todos se cansan, nos cansamos y no queremos molestar más... Y sabes que muchos de esos días pasan y pasan simplemente porque… no hay camas. 

Pero no se im-“paciente”, porque usted no es la única, les pasa a todos, entonces espere… Espere, tenga “fe”. Todos sabemos que el sistema de salud no funciona, pero no se indigne, así está en todas partes, todo está lleno. No proteste, que el sistema está colapsado y nada se puede hacer, porque… no hay camas. Ya para eso en este circo de país nos pusieron malabaristas y trapecistas para distraernos y, sobre todo, magos, magos que desaparecen dinero, cosas y hasta gente…. Además, igual el punto es que… no hay camas.

Aquí seguimos, es el día once, ya estoy aún más acostumbrada a esta silla y, para no pensar, yo le leo las revistas Selecciones, esas que mi padre le llevaba empacadas en papel regalo cada quince días desde el día que la conoció. Tal vez mañana haya novedades, ya que hoy tampoco la trasladan. En todo caso, hay que ser "paciente", porque… no hay camas.

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Directora de El Diario de Salud. Docente universitaria.
Máster en Investigación en Periodismo, Discurso y Comunicación y en Análisis Político, ambos por la Universidad Complutense de Madrid.
Abogada de la Universidad Nacional de Colombia.